VIDEO DE SENSIBILIZACIÓN SOCIAL

 1 PARTE:  Créame una historia de un niño que a lo largo del tiempo ha dejado de jugar y de compartir momentos con su familia porque su mundo ahora se basa en una pantalla. Describe e un momento en q el que alguien cercano intenta socializar contigo, pero tu en cambio decides no hacerle caso y seguir delante de una pantalla. ¿Qué es lo que sientes en ese momento? ¿Que sentimientos experimentas? A continuación, narra lo que pasa después, cuando te das cuenta de lo que estás perdiéndote de la vida real. Convierte esta experiencia en una historia breve, emotiva y sincera que nos haga reflexionar sobre el impacto de la adicción tecnológica y la de reconcentrar con las personas.


Respuestas de las IAs: 

ChatGPT: Al principio no fue algo grande. Solo unos minutos después de hacer los deberes, un rato antes de cenar. La pantalla brillaba con colores vivos, sonidos que parecían hablarle directamente, mundos donde siempre había algo nuevo que descubrir. Allí, todo era fácil. Todo estaba bajo control.

Poco a poco, esos minutos se convirtieron en horas.

Antes salía al parque, corría hasta quedarse sin aliento, inventaba historias con sus amigos. Antes, las tardes olían a pan recién hecho en casa y a risas en la mesa. Pero ahora, todo eso empezó a desvanecerse, como si alguien bajara el volumen de la vida real mientras subía el de la pantalla.

Una tarde, su madre se acercó.

—¿Quieres ayudarme a preparar la cena? —preguntó con una sonrisa suave.

Él no levantó la vista. Sus dedos seguían moviéndose rápidos, casi automáticos. Había una misión que completar, un nivel que no podía dejar a medias.

—Ahora no —respondió, seco.

Ella se quedó unos segundos más, esperando quizá una mirada, una pausa, algo. Pero no llegó. Finalmente, se fue.

En ese momento, él no sintió culpa. Sintió… nada especial. Una especie de concentración vacía. Como si el mundo real fuese un ruido de fondo molesto que debía ignorar para no perder el ritmo del juego. Había una pequeña sensación incómoda, casi imperceptible, como un pinchazo leve en el pecho, pero la ignoró. Ganar esa partida era más importante. O al menos, eso creía.

El tiempo pasó.

Esa noche, al salir de su habitación, la casa estaba en silencio. La cena ya había terminado. En la mesa, su plato estaba cubierto, frío. Desde el salón, escuchó a su familia reírse por algo que había pasado durante la cena. Una historia que él no conocía. Un momento en el que él no estuvo.

Se sentó solo.

Y entonces lo sintió.

No era el ruido del juego, ni la emoción de avanzar. Era algo más pesado. Un vacío. Como si hubiera estado presente todo el día, pero al mismo tiempo ausente. Pensó en la voz de su madre, en la invitación sencilla que había rechazado. Pensó en las risas que no había escuchado, en las miradas que no había compartido.

Se dio cuenta de que, mientras su mundo en la pantalla crecía, el otro —el real— se hacía más pequeño sin él.

Apagó el dispositivo.

El silencio fue extraño al principio, casi incómodo. Pero luego, se levantó y caminó hacia el salón. Su familia estaba allí. No era tarde. Aún no.

—¿Puedo sentarme con vosotros? —preguntó.

No hacía falta más.

Porque a veces, lo más importante no es ganar una partida, sino no perder lo que no se puede recuperar.


GeminisEsta es la historia de Mateo, pero bien podría ser la historia de cualquiera de nosotros en este siglo de luces LED y notificaciones infinitas.


El Reino de Cristal

Al principio, la tableta era un premio, un pequeño portal de colores para los viajes largos en coche. Pero, poco a poco, el portal se volvió más real que el mundo exterior. Mateo ya no trepaba al roble del jardín ni sabía a qué olían las galletas recién horneadas de su abuela. Su universo se había reducido a cinco pulgadas de cristal.

El Momento del Rechazo

Sucedió un sábado por la tarde. La luz del sol entraba de forma oblicua por la ventana, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire, pero Mateo no las veía. Su mirada estaba anclada en una batalla frenética de píxeles.

De pronto, sintió una mano suave sobre su hombro. Era su hermana pequeña, Sofía. Traía consigo un libro de dibujos descolorido y un par de crayones gastados.

—"Mateo, ¿me ayudas a pintar el dragón? No me sale el fuego", susurró ella con esperanza.

Mateo ni siquiera parpadeó. El sonido del juego era un muro eléctrico entre los dos. —"Ahora no, Sofía. Estoy en medio de algo importante", respondió él con una frialdad mecánica.

¿Qué sentía Mateo en ese instante? Sentía una urgencia ansiosa. No era felicidad, sino una especie de hambre que nunca se saciaba. Experimentaba una desconexión total; la voz de su hermana era solo un ruido de fondo molesto, una interferencia en su "flujo". Había una extraña anestesia emocional: el juego le daba picos de dopamina tan altos que el cariño real le parecía... aburrido.


El Despertar: El Silencio de la Casa

Pasaron las horas. La batería finalmente murió y la pantalla se fue a negro. En el reflejo oscuro del dispositivo, Mateo vio por primera vez su propio rostro: pálido, con ojeras marcadas y una expresión vacía.

Salió de su habitación. La casa estaba en silencio. Al llegar al salón, vio el libro de dragones de Sofía abandonado en el suelo. El fuego del dragón estaba mal pintado, con trazos temblorosos que se salían del margen. En la cocina, quedaban los restos de una cena familiar a la que no asistió; su plato estaba frío, cubierto con un paño.

Fue entonces cuando el peso de la realidad le golpeó el pecho.

La epifanía fue dolorosa: Se dio cuenta de que mientras él ganaba "puntos" inexistentes y desbloqueaba "logros" digitales, estaba perdiendo el único recurso que no tiene botón de reset: el tiempo.

  • Perdió la risa de su hermana.

  • Perdió la mirada orgullosa de su padre al contar una anécdota.

  • Perdió la conexión que nos hace humanos.


Una Reflexión Final

Mateo dejó el dispositivo en un cajón y caminó hacia el cuarto de Sofía. La luz de la luna entraba por la rendija. Se sentó a los pies de su cama y, en voz muy baja, prometió que mañana el dragón tendría las llamas más brillantes de todo el reino.

Nota para el lector: La tecnología nos acerca a los que están lejos, pero a menudo nos aleja de los que tenemos al lado. No dejes que una pantalla se convierta en el espejo donde olvidas quién eres y a quién amas. La vida real no tiene filtros, pero tiene calor, y eso es algo que ninguna batería podrá reemplazar jamás.


Claude: 



La luz que lo era todo

Mateo tenía nueve años cuando el mundo empezó a caber en una pantalla de siete pulgadas.

Al principio fue inocente. Un videojuego los viernes. Una película el sábado. Pero poco a poco, sin que nadie lo notara del todo, la pantalla estaba creciendo. No básicamente, sino en importancia. Fue ocupando horas que antes pertenecían a otras cosas: a la pelota en el parque, a los juegos de mesa con su abuela, a las tardes largas inventando historias con su hermana.

Sus padres lo llamaban para cenar y él llegaba tarde, con los ojos todavía puestos en otro lugar. Sus amigos del barrio dejaron de llamar al timbre. Nadie sabe bien cuándo fue que dejó de salir.


Un domingo por la tarde, su abuelo Miguel se sentó a su lado en el sofá.

Tenía setenta y dos años y manos grandes, de las que saben trabajar. Olía a jabón ya algo cálido que Mateo ya no sabía nombrar bien. El abuelo puso sobre la mesita una baraja de cartas, de esas con los bordes gastados de tanto uso.

—¿Jugamos al siete y medio? —dijo, con esa voz tranquila que tenía siempre.

Mateo no levantó los ojos de la pantalla.

—Luego, abuelo.

Miguel esperaba un momento. Barajó las cartas despacio, como si el sonido de ellas pudiera servir de puente. Luego dijo, más suave todavía:

—Es que hace tiempo que no jugamos, Mateíllo.

Mateo escuchó las palabras. Las procesó. Y las dejaron pasar.

—Ahora no puedo, estoy en una partida.

Lo que sentí en ese momento era difícil de describir, porque no era exactamente nada. Era una especie de ruido blanco en el pecho, una incomodidad pequeña que se disolvía en cuanto volvía a mirar la pantalla. Dentro de la pantalla todo era urgente, claro, medible: puntos, vidas, misiones. Afuera todo era lento y sin forma definida. La voz del abuelo era real, sí, pero la realidad se había vuelto, sin que él lo eligiera del todo, algo que podía pausar.

El abuelo recogió las cartas sin decir nada más. Las metió en su bolsillo y se levantó.


Mateo no se dio cuenta de lo ocurrido ese día. No de verdad.

Se dio cuenta tres semanas después, un martes, cuando su madre contestó el teléfono en la cocina y empezó a llorar muy despacio. El abuelo Miguel había tenido un infarto mientras dormía. Había muerto en paz, dijeron. En casa, en su cama.

Mateo se quedó inmóvil en el pasillo escuchando. Y entonces, de golpe, le vinieron todas las imágenes a la vez: las cartas con los bordes gastados. Las manos grandes sobre la mesita. Es que hace tiempo que no jugamos, Mateíllo.

Aquella tarde en el sofá había sido la última vez que el abuelo se lo había pedido.

Y él había dicho que luego.


No hay un nombre exacto para lo que sintió Mateo en ese momento. No era tristeza en solitario. Era algo más punzante, más íntimo: la comprensión de que el tiempo con las personas no se pausa, no tiene barra de progreso, no da vidas extra. Las personas simplemente están y luego, un día, ya no están. Y todo lo que no se les dijo, todo lo que no se compartió con ellas, se queda flotando para siempre en el aire.

Mateo abrió el cajón de su mesilla. Tenía una baraja vieja que el abuelo le había regalado años atrás. La sacó, la sostuvo entre las manos, y por primera vez en mucho tiempo, la pantalla estuvo apagada toda la noche.


No se trata de odiar la tecnología. Se trata de recordar que ninguna pantalla te mira a los ojos, ningún algoritmo te echa de menos, y ningún juego del mundo guarda los momentos que dejaste ir.

Las personas que te quieren están ahí, ahora mismo, esperando ese "luego" que nunca llega.

Levanta la vista.


REFLEXIÓN CRÍTICA: 


Después de realizar el prompts, pensé cual de todas las IA seria la mejor para poder hacer la actividad, así que quise optar primero por el ChatGPT ya que es la primera IA que conozco y era la única que sabía manejar antes de realizar esta magnifica asignatura, la cual me enseñó la existencia de otras IA como es la que he utilizado como Geminis y Claude. 


Con esta actividad, me he dado cuenta de que realmente, Eloy tenía razón y no se equivocaba que Chat GPT hablando mal era una mierda, esto lo vemos en la respuesta que nos ha dado y si la comparamos con las demás. 


En el caso de Chat GPT, podemos ver como nos ha elaborado la historia de forma muy simple y muy fría ya que a pesar de usar diálogos no se ve que su respuesta esté enriquecida, sino que es muy básica por lo tanto si nos quedamos con su respuesta, tendríamos que ir poniendole más prompts para obtener una buena respuesta. 


En cambio, vemos como la respuesta mejora con Geminis, ya que en ella nos encontramos una introducción, unos apartados lo cual enriquece la historia y al mismo modo nos responde a lo que le pedimos, por ultimo nos sorprende con una reflexión final. Esta IA es mucho mejor que la anterior debido a que nos realiza la historia tal y como queremos sin necesidad de escribirla directamente en el prompts. 


A continuación, vamos a trabajar con la IA estrella de esta asignatura, la cual ha sido todo un descubrimiento, ella es Claude. Como vemos, la respuesta que nos da sin duda es la más original en el sentido de que sin pedirselo nos ha hecho una foto y a continuación nos ha narrado una historia llena de sentimientos y un buen contenido. 


En definitiva, a mi parecer y con esta gran comparación, sin duda me quedo con Claude ya que nos facilita la vida como estudiantes y nos da toda la información que nosotros queremos pero sin la necesidad de ponerselo todo en el prompts, lo cual es algo que se agradece ya que no siempre se nos da bien el hecho de aclararnos para pedir bien lo que queremos recibir.


2 PARTE: 


A continuación, se muestra un magnifico video de unas futuras educadoras sociales, asi que no olvides de verlo y sobre todo disfrutarlo!!


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